Luis Carrera Molina nació el 27 de enero de 1912 en La Coruña (España). La profesión militar de su padre le obligó de niño a recorrer numerosas ciudades españolas. Comenzó a dibujar a la edad de diez años en el Antiguo Colegio de San José, en Barcelona, siendo su profesor el pintor Antonio Comas, quien le animó a continuar y profundizar en sus estudios. Sin embargo, los continuos traslados de la familia le interrumpieron en varias ocasiones hasta que, en 1927, llegó a Valladolid. Aquí, fue alumno de la Academia de Dibujo y Pintura de Valentín Orejas Vallés y, luego, en la Escuela de Artes y Oficios, continuó con Luciano Sánchez Santarén. Con Orejas estuvo desde los 17 hasta los 20 años, aprendiendo diversas técnicas de pintura y, sobre todo, a valorar el dibujo como la más firme base de un buen pintor.
En 1932, con 20 años, se trasladó a Madrid, donde fue alumno de Cecilio Pla, que le enseñó la geometría de las sombras y el retrato. En 1933 fue alumno de Zuloaga, que le mostró la fuerza del paisaje. Por último, durante todo el año 1934 fue alumno de Solana, que le mostró la potencia del bodegón. Y, entre tanto, cursó como oyente en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.
Entre los años 1934 y 1936 realizó gran número de dibujos y pinturas y, en el Museo del Prado, copias de Velázquez, Zurbarán, el Greco y Tintoretto, que fue vendiendo sobre todo a turistas norteamericanos, visitantes de dicho Museo. Al mismo tiempo, frecuentó el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Interrumpida su actividad como pintor y dibujante por la Guerra Civil, en 1942 volvió a Valladolid donde comenzó a trabajar sistemáticamente obra propia, fundamentalmente óleo, en un estudio de la calle Angustias y, luego, en la calle Salvador, a los que se fueron incorporando alumnos, siendo de destacar que a partir de entonces una de las facetas más importantes de Luis Carrera fue la enseñanza del dibujo y la pintura al óleo.
Al mismo tiempo, a partir de 1956, comenzó a colaborar como crítico y ensayista de arte en el diario “El Norte de Castilla” y, posteriormente, en el “Diario Regional”, ambos de Valladolid.
Luis Carrera comenzó a exponer su obra en la década de 1960 y, por primera vez, en la Sala de Exposiciones del Palacio de Santa Cruz, dependiente de la Universidad de Valladolid. Posteriormente recibió el Primer Premio Nacional Valladolid de Pintura, el de la Caja de Ahorros Provincial y también el Premio de la Diputación Provincial de Valladolid.
Asimismo, en la década de los años 60 fundó y dirigió como indiscutido maestro la llamada «Escuela de Zaratán», que llegó a congregar a un numeroso grupo de pintores, uno de cuyos objetivos consistía en pintar el paisaje castellano directamente del natural.
A finales de la década de los 60, diversos acontecimientos personales le apartaron de la actividad pública. Sin embargo, siguió pintando al óleo y a la acuarela, estudiando y ensayando nuevas técnicas, y también escribiendo sobre arte. Ha sido precisamente esta época de trabajo e investigación callada la más prolija e interesante de este pintor.
En 1990 realizó una exposición antológica en la Sala de Exposiciones Alonso Berruguete de Valladolid, mostrando la evolución de su pintura al óleo desde la década de los años 60 hasta los 80. Y en 1993, en la misma Sala realizó una segunda exposición, mostrando su obra más moderna y atrevida. Todavía, en enero de 1998 realizó una última exposición, esta vez de acuarela, una técnica a la que, en parte, dedicó los últimos años de su vida.
Luis Carrera fue una persona introvertida, un pintor replegado sobre sí mismo, al margen de tendencias o círculos comerciales y, desde luego, muy reacio a exponer su obra. A ello contribuyó una vida que le regaló no pocas adversidades, tanto en lo personal, como en lo familiar y en lo económico. En los últimos años, alcanzada cierta estabilidad, en la soledad de su estudio, su obra evolucionó desde la austeridad del paisaje castellano y la figuración realista del bodegón o el retrato, a la lujuria del color y la indeterminación de la forma en sus últimas obras, cada vez más cercanas al arte abstracto.
En este sentido, Carlota Seabra le dedicó la siguiente crítica, que figuró en el catálogo de la citada Exposición inaugurada en la Sala Berruguete de Valladolid, el 27 de septiembre de 1993:
Luis Carrera vuelve a exponer su obra. Se trata de una cuidada selección de cuadros realizados durante los últimos tres años, continuación de la exposición antológica que realizó en octubre de 1990.
El maestro de la llamada “Escuela de Zaratán”, pintor de Castilla, de sus campos, de sus barros, de sus pueblos; pintor de grises entre luces y sombras, pintor de fondos y cielos inquietantes, atormentados; este maestro, que ha ido creando su obra en un tranquilo estudio, al margen de críticas, de mercados, preocupado por seguir investigando, ahora nos presenta su obra más reciente.
Nadie puede negar la cultura artística de este pintor y gran dibujante, que es capaz de reflejar en su obra el aire, la luz, el movimiento; que es capaz de pintar al óleo y a la acuarela, de ser depurado y de hacer cuadros con cuatro trazos; de usar con igual maestría el pincel, la espátula e incluso las manos; de ser maestro de los grises, pero también capaz de hacer osadas combinaciones de color.
Todo este conocimiento lo ha utilizado para elaborar una obra en la que ha dejado su alma. Progresivamente se ha definido como un pintor de contrastes: entre realidad y abstracción; entre grises y arrebatados colores; entre la pincelada suelta y los gruesos empastes de color; entre la quietud del objeto y la trepidante atmósfera de sus cuadros; entre las sombras y la luz … Son estos contrastes los que dan unidad a su obra.
Tales contrastes han hecho que su obra se sienta como algo en permanente cambio, con avances y retrocesos, siendo éstos el motor para elaborar sus obras más atrevidas y atrayentes, más modernas, como son las que ahora contemplamos.
Y es que algo muy importante parece haber cambiado en este artista. En los últimos años Carrera está elaborando su obra más moderna, más osada, más vital. La investigación tenaz y la seguridad que da el trabajo de toda una vida, han dado como resultado una obra en la que el tema es lo de menos. Carrera pinta ahora no a Castilla, a sus campos o a sus pueblos; Carrera pinta ahora paisajes sacados de su alma, paisajes que pudieran ser de cualquier lugar, a veces simple abstracción. Y es que la objetividad tradicional de este pintor está siendo vencida por temas que son puras manchas de color.
Carrera se está olvidando de la línea, del dibujo, de la forma. El equilibrio de su obra entre forma y color está siendo roto a favor de éste, a favor del color. Y cuando utiliza la línea, ésta ha dejado de ser impecable, para quebrarse, para doblegarse quizá al color.
Su paleta se ha enriquecido con gamas rojas, amarillas, azules. Se atreve a pintar campos rojos, montañas rosas, pueblos azules, árboles violetas, bosques con tal explosión de color, de luz, de vida, que después de contemplarlos sientes no ser personaje del cuadro.
Sigue siendo gran maestro de las sombras, pero ahora ya no las utiliza en sí mismas, porque así sucede en la naturaleza, sino porque quiere utilizarlas. En el duelo tradicional de este pintor entre la luz y la sombra, ahora ésta comienza a agonizar. Pero este olvido de la penumbra hace que ahora en sus cuadros no haya tanta tristeza, pesimismo, sino explosión de vida. Y qué decir ahora de sus grises: Carrera pinta ahora plazas de cualquier pueblo, montañas de algún lugar, marinas y llanuras en gris, sublimando de tal forma este color, que la melancolía que producen estos cuadros en gris, es pura poesía.
Pero lo que hace realmente atrayente toda su obra, la de toda su vida, es que en ella late un pintor atormentado. Las formas de la naturaleza, como esos árboles o esas montañas, más parecen símbolos que elementos reales: quieren decirnos algo en su tenso silencio. Sensación de pesadilla transmiten aquellas parcelas de sus cuadros en las que una rica gama de color se une sin mezclarse en abigarrada pasta. Sus cielos vibran en inquietante tensión, a punto de abrirse o desplomarse. La lucha tenaz entre la claridad y la penumbra, entre el reposo y el movimiento o entre la forma y el color, hace que en sus cuadros se respire una atmósfera desasosegante, un movimiento de excitación. Sin embargo, en otros cuadros, tal inquietud comienza a desaparecer para llegar al reposo, a la tranquilidad de aquellos cuadros en gris. Es como si el duelo entre el optimismo y el pesimismo tuviese su final en la melancolía.
Luis Carrera está consiguiendo lo que posiblemente ha buscado desde que comenzó: pintar poesía, reflejar su alma en los cuadros, expresarse, al margen de escuelas, tendencias o mercados. A lo largo de su obra al óleo o a la acuarela, incluso en sus escritos, en su tranquilo estudio, en el centro de su soledad creadora, está transformando sus emociones en arte. El resultado, su auténtico alcance, tendrá que juzgarlo el contemplador.
Terminamos esta reseña de Luis Carrera transcribiendo sus propias palabras, con motivo de la también mencionada Exposición de acuarelas, en enero de 1998:
La creatividad es una de las expresiones más grandes de la vitalidad humana, se atribuye más bien a las personas que se encuentran en otras edades de la existencia. Creo, sin embargo, que la creatividad brota de la vida interior y exige siempre estar a la búsqueda de algo trascendente. Este es mi anhelo. Y lo quiero conseguir de la manera más simple: agua, un poco de color y un trozo de papel blanco.
Busco aquí sueños de la pintura. Los hice sobre papeles con colores transparentes que no necesitan más que agua para sus mezclas, agua y poesía.
No voy a descubrir ningún secreto, pues esta manera de hacer ya la conocían y utilizaban los egipcios y los chinos, hace ya muchísimos años. El secreto es sólo un intento de darle un poco la mano a lo inesperado, a ese juego de soluciones que parecen ir empujadas por el viento, como las nubes, un capricho del espíritu, otra manera de ver distinta.
Mis afanes fueron otros con el óleo, ahora busco nuevos caminos, nuevas sendas que me lleven al más hondo interior del arte, allá donde se pierden para volver a nacer, algo así como los oscuros latidos del corazón, esa vivencia que tiene la fuerza de la Eternidad, que parece moverse en círculos en su viaje hacia la infinitud de Dios.
Muestro mis pequeños trabajos con la esperanza de conseguir un poco de interés.
Luis Carrera falleció el 6 de abril de 2002 en Valladolid.