WIFREDO LAM

La jungla

  ‘La jungla’ (1943), Wifredo Lam

Museo de Arte Moderno de Nueva York

       La influencia del árbol en el hombre es poderosa. En China, el árbol enreda sus ramas en el agua de los ríos, de tal suerte que llena de misterios fantásticos la imaginación del indígena, oriental inventor de dioses y dragones que, al salir a las islas del Japón, crea un maravilloso jardín de musgos. En África, el árbol envuelve al hombre hasta la asfixia; el hombre negro se siente allí protegido por la selva, que le ampara. Un olvido de siglos dejó Europa casi pelada; es hoy como un paraíso perdido; lo que queda, llena de nostalgia a sus habitantes. En Europa el árbol no quiere decir dominio de la Naturaleza; por ello, el hombre siente su necesidad, como el hambriento la siente de pan. Se sabe de una España a la que llamaron “País de los Elefantes”, región de grandes bosques, en la antigüedad, donde sus árboles fueron tan altos que sus troncos más bien pudieron parecer columnas que sostenían la bóveda celeste. El hombre debió sentirse insignificante en tan bella tierra. Y Cuba, esa isla de América que tiene forma de dragonzuelo, lleva sobre su lomo una encantadora algarabía de naranjos, limoneros y palmeras que dan al carácter cubano un verdadero sentimiento de danza.

¿Puede imaginarse qué sucede en el alma de un artista que nace en La Habana y lleva sangre de todos esos continentes? El negro, blanco y amarillo se dan cita en Wifredo Lam, el más alto representante del “surrealismo” americano. Su pintura anímico-vegetal, “La Jungla”, le ha situado en uno de los primeros puestos del mundo. En esta obra se condensa uno de los aspectos más interesantes del “surrealismo”.

Creo necesaria una pequeña definición del “surrealismo”, para que no se rechace, sin analizar, una obra de tan alta significación. El verdadero nombre del “surrealismo” es superrealismo, puesto que pretende superar la Naturaleza. Con el nombre de sobrenaturalismo lo bautizó el poeta francés Apollinaire, al ver las delicadas pinturas del ruso Marc Chagall. También se titula “magismo”, por pretender que el artista ha de ser una especie de mago milagrero del arte. Se busca, con la idea sobrenaturalista, descifrar, de una manera plástica, los misterios del subconsciente, que el neurólogo y psiquiatra austriaco Freud puso de moda. Los sueños desempeñan en la creación superrealista un papel importantísimo, pues sus motivos se originan en esa vaguedad de la mente que tiene el cuerpo dormido. Al querer plasmar estos sueños en estética realidad, viene la gran dificultad de sujetar una cosa huidiza e irrazonable, que se escapa. Para evitar la fuga hay que contar con la imaginación, esa imprescindible y potente aliada. El artista ha de hacer de esas cosas deshechas algo muy concreto de forma. Es por eso por lo que resulta muy difícil ser un buen pintor superrealista; hay que pasar antes por una gran disciplina, la que se fragua en el natural; copiar el modelo como un primitivo y saber el oficio igual que el silabario. A partir de ahí, lo demás.

En “La Jungla” nos enseña Lam un justo equilibrio entre lo vegetal y lo animal. Es esta pintura el sueño plástico de una inteligencia vivísima, que alcanza una gran profundidad. El tam-tam negro se oye trepidar. Asoman los mil pies de los salvajes que se preparan para la guerra, o para buscar las víctimas que han de ser inmoladas. Se ven piernas que son tallos de arbolillos endebles, tallos rematados por manos de simio; huele a mono en ese lío de naturaleza donde todo es inesperado; se ve al cuadrúmano andar en un suelo lleno de hocicos, que asoman para respirar, hocicos de animales que huyen de las pisadas de los reunidos en ese Consejo de la Selva. Los reinos vegetal y animal se consultan entre lanzas de bambú. Se visten con telas delanteras semejantes a velas de “juncos” de piratas chinos que navegan por mares amarillos. Paralelos a los bambúes se levantan brazos que doblan sus manos, como indicando que algo llega hasta allí. Se presiente el terrible hechicero que va a condenar al que cayó en desgracia. Jefes sentados, esperan la sentencia que habrá de ejecutar aquel verdugo que está allí detrás, medio escondido y empuñando las homicidas tijeras. Parecen haberle servido para abrir paso por la maraña selvática hasta llegar a ese pequeño espacio. Cabezas de caballos vuelan entre hojas que nos miran. Corre, con agilidad de ratón, un raro diablejo que trata de esconderse entre los rincones. No alumbra el Sol; pero ahí está la luna. Y ahí está el rey que nos dice: “Somos así, porque nacimos de un agitado sueño”.

Wifredo Lam tiene ya cerca de sesenta años. Estudió durante seis en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En 1936 marchó a París y conoció a Picasso, al que impresionó hasta el punto de ofrecerle su propio taller, exponiendo juntos sus obras en Nueva York. Allí fue expuesta “La Jungla”; desde entonces figura en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de los rascacielos.

LUIS CARRERA MOLINA

Artículo inédito, escrito en octubre de 1956, en Valladolid (España)